LOS HUNOS Y LOS OTROS. A propósito de Campo de Caso.
Da
gusto pasar el último de los túneles y verlo alzado -Campo de Caso, el Campu,
Campu Casu- sobre la carretera, erguido orgulloso entre el Piqueru, la sierra
de Veneros y el Montallende: casas en su mayoría blancas, de diferentes alturas
y formas, que antaño decían tanto de quienes las habitaban: cómo y de qué
vivían, de dónde habían traído su fortuna, cuántos en ellas moraban. Escuché
desde muy pequeña tantas alabanzas sobre el lugar, que por fuerza tengo que
quererlo, entre vecinos que son familia y conocidos que siempre saludan con
palabras agradables.
Disfruto
de los paseos por sus calles. Los de diario son rápidos y atropellados, guiados
siempre por un objetivo concreto: algo que comprar, que gestionar, un lugar a
dónde ir. Los de la noche son mis preferidos, cuando el pueblo se encuentra,
por lo general, quieto y silencioso. Es entonces cuando, paradójicamente, mejor
entiendo los cambios que se han sucedido de forma tan rápida, durante estos
años que han volado. Hablan de ellos -de los cambios- las casas cerradas, tan
solo adornadas por ese tristísimo cartel que anuncia la venta, en algunos casos
tan descolorido que anuncia algo mucho más triste todavía, cómo es el fracaso
de la empresa, también la maleza que crece insistente, recordando lo inexorable
del paso del tiempo. Hablan de ellos también los chigres cerrados, la ausencia
de los taxis en la plaza, la quietud de las calles y la seguridad de pisar el
suelo sin miedo a ensuciar la suela de los zapatos.
Nace
este escrito de mi preocupación, pues el Campu se está convirtiendo en un
pueblo triste, mucho más triste que el que los mayores recordaban con
nostalgia, cuando yo era pequeña. Poco a poco se fueron cerrando casas y se
cayó en el error infinito de confiar en el turismo y en la explotación
hotelera, como oportunidad “de futuro”. ¡Tremendo error!, pues no existen
visitantes si el pueblo no tiene moradores que ejerzan de anfitriones. Y sin
pretender responsabilizar a nadie en concreto, lamento, una vez más, que la
Administración no haya querido escuchar la voz de los expertos en geografía
humana y del territorio, que defienden como indispensable que haya un tejido
económico y humano, con independencia de la explotación turística.
Me
consta la preocupación de los vecinos y vecinas acerca del lamentable ocio
nocturno que algunos establecimientos están empeñados en ofrecer,
contraviniendo los principios básicos de convivencia que siempre guiaron los
modelos de conducta. Me consta también el malestar que genera la circulación de
coches a una velocidad elevada y la molestia de los ruidos ocasionados por el
volumen excesivo de la música. Algún sábado por la noche he recordado las
antológicas lecciones del maestro Pipa, quien nos describía con detalle cómo
los hunos de Atila quemaban la tierra a su paso y la dejaban yerma, vacía. ¡Triste esta situación! que beneficia a unos
pocos, molesta al vecindario y espanta a los que solo desean dormir en paz,
para continuar la vida a la mañana siguiente: trabajar, tomar un vino o
cualquier otra bebida de forma tranquila, charlar, convivir.
Es
obvio que hay un clamor general, triste y pesimista, en torno a la situación
actual del Campu, un poco solo, muy deshabitado, sin ambiente. Por eso, es importante
reconocer a quienes insisten día a día en mantenerlo en pie, los que no bajan
la guardia y encienden la luz de su ventana cada noche, para mantener esa
pequeña llama de esperanza e insistir en la voluntad de permanencia, en
resistir: fácil en los meses veraniegos, difícil en los de invierno, titánica
en esas tardes de otoño en las que la melancolía asoma por detrás del picu La
Campa. Aplaudimos a las incombustibles en su ilusión: Manuela, Ángeles, Belén y
Conchita, siempre jóvenes; Lucila, empeñada en continuar barriendo la
carretera; Mari “la del médico”, que sigue yendo a misa y a tomar el vermut; Marina,
ilusionada sin duda en el regreso a lo que fue el “Estanco”; Marigel; que
atraviesa la plaza una y otra vez para comprar pan y lo que sea necesario para
su hotel; Enedina, que tuvo la suerte de poder regresar a su casa, para pasar
sus últimos años en paz, también a su yerno Pedro, trabajador infatigable y
desinteresado; Armandina, conversadora infatigable. En fin, podríamos seguir
escribiendo nombres, pero, a riesgo de olvidar a alguien, escogemos estos pocos
como homenaje a los vecinos y vecinas de la hermosa villa de Campo de Caso, que
recibió su título en tiempos de Alfonso XIII y presumió siempre de ser un
pueblo orgulloso y digno. Que no decaiga.


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